Autor Invitado: Psicologa Carmen Puentes
El psicoanálisis trabaja un tema que ha llamado “las relaciones objetales” que nos remite a la estructura básica a partir de la cual el individuo establece relaciones afectivas con el mundo que lo rodea. Esa plataforma está construida sobre nuestra primera relación de amor, la que iniciamos con nuestra propia madre y está asociada a un considerable número de experiencias que determinan el rumbo que tomará nuestra personalidad.
Pero en esta oportunidad sólo nos interesa detenernos en la similitud que se observa entre la dinámica de esa primera relación de amor y la que se observa durante el período de enamoramiento en una pareja.
Madre e hijo, al inicio de su romance, comparten un espacio en el cual son “como uno sólo”, no se sabe si ese aspecto o experiencia es de la madre o del hijo, es un instante simbiótico absolutamente indispensable para la supervivencia del infante. Desde allí, las necesidades de ese niño (a) son percibidas por la madre y ella puede anticipar, intuir, y satisfacer una buena porción de esas necesidades y así el hijo no solo sigue vivo sino además se siente satisfecho: es decir, AMADO.
A medida que el niño va creciendo y si las condiciones son “normales”, él va reconociéndose como ser individual y “separado” de su madre hasta que madre e hijo se relacionan ya como seres autónomos, completos pero estrechamente cercanos, lo cual implica que esta relación en lo sucesivo dará para que algún día el hijo se vaya de la casa “paterna – materna” completo, autónomo y equipado para seguir su vida lleno de herramientas afectivas para ser un adulto sano.