Cuando te vas a vivir solo y llegas a vivir a una copropiedad, como un edificio o un conjunto de casas, o peor aún, una casa convertida en pequeños apartamentos, estarás a punto de compartir la misma construcción con un grupo de extraños.
Te separan de ellos delgados muros, que a veces serán insuficientes para aislar tu vida de la del vecino.
Oh vecinos, creaturas indomables y extrañas, tu primer fogueo con una estructura social en miniatura, un plato de petri en el que bien puede crecer cualquier cosa.
Hay quien intenta evitarlos, en los pasillos, en el ascensor, aquel que nunca va a las reuniones de asamblea, es el vecino apático, ese que se esconde en su apartamento hasta que el otro sale para no tener que saludarlo y que pasa corriendo para evitarte al salir, el más común, pero el menos solidario.
El vecino proactivo, aquel que tiene la ilusión de cambiarlo todo. Seguro es miembro del concejo de administración, conoce a casi todos los vecinos y siempre saluda, un personaje simpático, siempre está a la cabeza de las iniciativas comunes, pero no se mete en los asuntos de los demás.