Cuando era pequeña, visitaba a mis abuelos en vacaciones. Durante 3 meses mi hermana y yo invadíamos sus vidas y ellos, por su parte, nos enseñaban cosas que no se aprendían en la ciudad. Uno de mis planes favoritos era hacer mercado con mi abuelo Pedro. Madrugábamos y salíamos en su carro, cargados de canastos y bolsas tejidas hacia la plaza de mercado, un lugar caótico y feliz, lleno de colores, aromas y gente querida.
Pasábamos siempre por los mismos puestos donde Don Pedro saludaba al vendedor, palpaba la fruta, la olía, me daba a probar algunas, pedía descuento y le dañan ñapa; transacción que daba inicio al desfile de canastos llenos de frutas, verduras, papas y maíz, que llevaríamos de vuelta a casa.
Después ibamos a la carnicería, donde comprábamos los huevos y los poníamos en unas mallas tejidas, y la carne de pollo y res, que envolvían para nosotros cuidadosamente en papel encerado. La leche la traía mi abuelo directamente de la finca en cantinas, para hacer con ella el chocolate y la mantequilla casera. Aparte se hacía el mercado de tienda, allí comprábamos los productos de aseo, los condimentos, los dulces, las galletas y todas esas cosas que fabrica el ser humano.